Don Isidoro Torres, en la Ciudad de La Habana, con su nieto Álvaro.

NATURAL

Me gusta la gente con carácter, con criterio. Me gusta la gente que sigue sus sueños aunque tenga delante barreras aparentemente infranqueables. Por eso te admiro tanto, hombre que naciste en la mayor pobreza, allí donde el único cobijo eran los brazos jóvenes y ya cansados de doña Paula.

La niñez terminó justo a los siete años, cuando partiste a trabajar en los campos de caña. Después mucho peregrinar, nada de escuela, y el hambre, siempre el hambre. ¿Cómo pudiste permanecer puro? ¿Cómo tu risa siguió sonando en los oídos de todos los que te conocieron durante ocho décadas? No lo sé. Quizás los milagros sí existen.

Cuando rondabas los cuarenta llegaron tus hijos: primero la niña y después el niño. Los criaste con tres reglas simples: ser perseverantes, ser honestos y ayudar al prójimo. Ah, y una más: el amor se reparte a manos llenas, porque ése es el principal alimento del ser humano.

Amabas la música y el deporte, componías décimas perfectas (como el más culto poeta), defendías a capa y espada la justicia, caminabas siempre con paso ágil y seguro, tenías una mente muy rápida para hacer reír a todos cuando las dificultades agobiaban.

Tus hijos nunca te temieron. Te veían como un amigo bueno... y a veces eras más valiente y tozudo que ellos.

Fuiste el hombre más feliz cuando nació tu primer nieto, y el segundo, y la pequeña. Tanto tu hija como tu hijo fueron padres muy jóvenes, así que asumiste durante 25 años el papel de abuelo, y éste fue el mejor rol de tu vida: enseñar los secretos del beisbol a Álvaro y a Ruslán, cantar canciones de cuna a Marianita, verlos crecer, de cerca o lejos, en la Habana, en Estocolmo y en México DF.

Capítulo aparte merece el otro amor, el de pareja, algo que siempre proclamaste como imprescindible. La mujer a quien más amaste, la madre de tus hijos, era un ser de privilegiada inteligencia, pero con una invalidez evidente que le impedía casi por completo caminar. Una lección de integridad es cuánto la admiraste hasta el último día de su vida.

Hoy tu hijo es árbitro internacional de beisbol, tu hija es escritora, tu nieto mayor (el que más se te parece) anda entre el trabajo y el amor recién hallado, el nieto que habita en el frío Estocolmo estudia y es artista circense, la nieta adolescente compone canciones y educa su voz, preparándose para un futuro en el arte. "NATURAL", dirías. Esa palabra tantas veces repetida por tus labios, era el modo en que expresabas: perfecto, así debe ser.

Todos están bien. Todos estamos bien, padre, abuelo, amigo. En verdad, aunque nos cuentan que te has ido, sabemos que en algún lugar le explicas a un niño que lo primero para jugar bien beisbol es no tenerle miedo a la pelota cuando viene hacia ti, mantener la vista en ella, y golpearla en el mismo centro. "El miedo no sirve, mijo. Y aunque lo sientas, olvídate de eso y enfréntate a lo que sea".

1/07/2007

"Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay los que luchan un año y son mejores. Hay los que luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles."
Bertolt Brecht